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Las películas con trampa, con un giro que en determinado momento cambia por completo la perspectiva desde la que se estaban viendo, siempre decepcionan.

Las películas con trampa, con un giro que en determinado momento cambia por completo la perspectiva desde la que se estaban viendo, siempre decepcionan.

No importa que el guionista y el director hayan tenido más cuidado o menos para que relato y puesta en escena acaben encajando, sin dejar cabo suelto. Ocurre que a uno le descoloca tanto, se siente tan desconcertado (incluso traicionado), que ese trabajo de cirujano que cose bien cada hebra suelta ya no le importa.

El guionista y el realizador tienen la sartén por el mango. Tienen a su merced al que, confiado, se acomoda en la butaca y se embebe en la pantalla, a la espera de que la luz del proyector fije en ella una historia que vivir. Engañarle parece fácil, como hacer prestidigitación ante un niño. Demasiado fácil.

Por eso decepciona siempre. Porque uno se siente estafado. Un poco más, como en Los otros, o un poco menos, como en El sexto sentido. Depende de la habilidad del prestidigitador para que su mentira resulte más o menos sangrante.

La maldición de Rook-ford es una película con trampa. Por tanto, decepcionante. ¿Más o menos?

La verdad es que el planteamiento, aun poco original, logra interesar. Es, una vez más, el del personaje descreído que se enfrenta a un fenómeno supuestamente sobrenatural. Sin embargo, el televisivo Nick Murphy, en su debut en el cine, saca buen partido de la ubicación de la historia en la Inglaterra de los años 20. Aprovecha la atmósfera casi victoriana, con caserón reconvertido en colegio incluido, y deja que las claras referencias de filmes como Suspense (Jack Clayton, 1961) y su buen pulso envuelvan al espectador, que llega a la casa junto a la protagonista, una científica experta en desenmascarar a embaucadores.

Murphy propone una puesta en escena ambigua, que demanda que el espectador complete con su imaginación; se apoya en la contenida e inspirada interpretación de Rebecca Hall (The town: ciudad de ladrones), y envuelve todo con la música sugerente de Daniel Pemberton, que, más allá del apoyo incidental, subraya el componente romántico del filme.

Sin embargo, el guión no acompaña. Escrito por Stephen Volk, autor de los libretos de Gothic, una de las propuestas entre oníricas y desmelenadas del excesivo Ken Russell (1986), y de los terrores menores El beso (Pen Densham, 1988) y La tutora (William Friedkin, 1990), y por el propio Murphy, está tan lleno de escenas sugestivas como de debilidades.

ELABORADA, NO INSPIRADA
Un primer aviso es el modo inverosímil en el que la protagonista resuelve aparentemente el enigma en la primera noche. A partir de ahí, un personaje de la gobernanta de la casa, al que da vida Imelda Staunton (con botines varias hebillas Laurence Dacade Los amigos de Peter, El secreto de Vera Drake), excesivamente artificioso; otros inacabados, como el del profesor enfermo, el del director y el del jardinero; una relación sentimental insuficientemente fundamentada, y, finalmente, el giro que todo lo cambia.

Como ocurre casi siempre en estos casos, el guión está más pendiente de atender lo mecánico, lo formal, esos cabos que no pueden quedar sueltos, que de consolidar la historia y desarrollar un discurso. Y en este caso se apuntaba uno interesante: el de la frontera entre lo físico y lo metafísico, entre lo científico y lo inexplicable; incluso se formula la pregunta de hasta dónde se puede vivir sin creer en nada más allá de lo que se ve. Por desgracia, poco de esto queda al final, enredado el guión en que todo acabe cuadrando.

Murphy se aplica en la puesta en escena, como se ha dicho. Está elaborada y resulta en general convincente, y hasta fascinante en la secuencia clímax en la que la protagonista desentraña el enigma.

Pero la convicción no sustituye a la inspiración, que podría haber paliado un poco más las debilidades del guión; del mismo modo, esa secuencia magnífica del final no logra evitar, una vez más, la decepción. ¿Mayor o menor? Depende del gusto del espectador por la prestidigitación.